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Celaya y Agustín de Iturbide


Durante la guerra de Independencia de México, es bien sabido por los celayenses la importancia de su ciudad, principalmente, para el movimiento de Miguel Hidalgo; los significativos cargos públicos que ostentó Francisco Eduardo Tresguerras; incluso la cercanía de algunos de los grandes hombres del siglo XIX mexicano, como el empresario e historiador Lucas Alamán. Sin embargo, uno de los personajes más importantes para la Historia Nacional, quien además tuvo un apego muy cercano a nuestra ciudad, es apenas mencionado: Agustín de Iturbide.

Quizás sea la mala fama que la historiografía positivista de finales del siglo XIX y principios del siglo XX creara sobre Iturbide. Tan mala fama, por cierto, que lo excluyó del repertorio de héroes mencionados en el grito presidencial durante la fiesta del 16 de septiembre. Dicha imagen de traidor, oportunista, ambicioso, tirano, cruel y, además, lo que el orgullo nacional no podrá perdonar jamás, vencedor invicto de todos los demás héroes de la Independencia, ha relegado a Iturbide a un plano secundario del proceso emancipador mexicano. Recordado como el general que proclamó el Plan de Iguala para concretar lo que diez años antes inició Miguel Hidalgo en Dolores, el discurso de la historia oficial se esfuerza en señalar al abusador que aprovechó la independencia del país para coronarse emperador. Quizás sea eso lo que ha provocado que en Celaya poco hablemos del primeroque ostentó el título de “Padre de la Patria”, y después “El libertador de México”. Sin embargo, nos guste o no, Agustín de Iturbide y Celaya estuvieron íntimamente relacionados desde el inicio de la guerra.
Agustín de Iturbide nació en1783 en Valladolid, hoy Morelia. Era hijo de un español peninsular y una criolla nacida también en Valladolid. Comenzó a estudiar gramática, pero lo dejó para contribuir en la administración de los negocios familiares. Desde los catorce años, siguiendo la tradición de la época para las familias acomodadas, ingresó a la milicia local. En ese entonces, y desde la conformación de las Milicias Provinciales de la Nueva España, los rangos de oficiales tenían un valor económico que debía ser pagado para ostentar el cargo. Al igual que la mayoría de los grandes personajes de la Independencia de México, Agustín de Iturbide era criollo, es decir, hijo de españoles nacido en América. Aunque la condición de criollo ofrecía grandes ventajas sobre las demás castas de la Nueva España, la discriminación ejercida por los peninsulares fue definitivamente la principal razón de su descontento.

Según se sabe, Agustín de Iturbide fue miembro, al igual que Miguel Hidalgo, de la conspiración de 1808, de ahí que los dos se conocieran; sin embargo, ambos evadieron a la autoridad cuando fue descubierta y desmantelada. Desde ese entonces, según palabras del mismo Agustín de Iturbide, el pensamiento independentista estuvo presente en su vida, aunque nunca simpatizó con el cura de Dolores.

Con el levantamiento de Miguel Hidalgo en 1810, el cura envió numerosas cartas invitando a Iturbide a participar en su movimiento; pero Agustín de Iturbide se negó. Hasta el día de su muerte consideró al movimiento de Hidalgo como una partida de criminales sanguinarios y saqueadores de las riquezas de la Nueva España. La postura de Iturbide fue compartida por otros personajes de la época como el mismo Lucas Alamán, quien fue testigo de la toma de la Alhóndiga de Granaditas, evento que tuvo un fuerte impacto negativo debido al sangriento desenlace de la batalla que hoy en día todos conocemos.

En 1791 se conformaron las Milicias Provinciales y, por consecuente, siendo Celaya un cruce de caminos y granero tan importante del centro del país, se creó el Regimiento de Infantería Ligera de Celaya. Estaba compuesto por cien soldados y algunos dragones ―soldados de caballería pesada, cargaban con lanza y sable― de la Sierra de Guanajuato. Algunos de sus miembros desertaron para unirse a Hidalgo en su paso por Celaya, los demás escoltaron a las autoridades españolas a Querétaro con el fin de reforzarla. A pesar de ello, el Regimiento de Celaya continuó en funcionamiento, siendo aumentado en número pocos años después.

Al estallar la guerra en 1810, Iturbide era un Teniente más del Regimiento Provincial de Valladolid (hoy Morelia). Tras la caída de Guanajuato y el desplazamiento del ejército de Hidalgo hacia la capital del virreinato, el Regimiento de Iturbide fue reasignado a la capital, donde una tropa muy disminuida y debilitada defendía la ciudad de México. Su primera acción de guerra la vivió en la terrible derrota que Hidalgo propinó a los realistas en la Batalla del Monte de las Cruces. A pesar del descalabro, la actuación de Iturbide fue condecorada por el virrey Francisco Xavier Venegas por recomendación de sus superiores. Ascendió al grado de Capitán y se le asignó la Compañía de Huichapán de Toluca. Tras la caída de Miguel Hidalgo, Iturbide fue reasignado en 1811 a la región del Bajío para sofocar las numerosas insurrecciones y caudillos que Hidalgo había encomendado. Le asignaron al Regimiento de Celaya para combatir a un insurgente en particular, Albino García Ramos.

Aquella había sido la primera encomienda de Iturbide, y al parecer no era cosa fácil, Albino García había propinado grandes derrotas a los realistas, saqueado numerosas poblaciones en el Bajío y herido la moral del propio ejército. Se le llamaba “el terror de los realistas”. Agustín tuvo que utilizar todo su ingenio y conocimiento de la región para ganar, poco a poco, terreno al insurgente. Finalmente, dos años después, en 1813, Iturbide consiguió engañar a García, emboscándolo en su propia guarida en Valle de Santiago. Al parecer, la batalla fue rápida y Albino García cayó prisionero junto con varios cientos de sus hombres. La victoria que obtuvo Iturbide en Valle de Santiago, pronto fue premiada con elogios, reconocimiento general de los partidarios del Virreinato y un ascenso a Teniente Coronel.

El joven Iturbide resultó ser un brillante militar y estratega. Albino García fue su primera víctima, pero no la última. A él le siguieron los hermanos Ramón y Francisco López Rayón apoderados de Salvatierra, y que la gente de Rubí y otros guerrilleros también se le habían sumado. Cerca de 4,000 soldados o más, provistos de tres cañones y un obús, conformaba la tropa insurgente. Actuando con la velocidad que ya comenzaba a caracterizar a Iturbide, atacó Salvatierra el 16 de abril de 1813 consiguiendo una sorprendente victoria.

Nuevamente en Celaya se celebró esta exitosa jornada militar de Iturbide como propia, con misa de gracias oficiada por el cura de Tingüindín, José Antonio López.Además, el virrey Félix María Calleja, reconociendo sus méritos militares, nombró a Iturbide comandante del Ejército de Operaciones del Norte de la Nueva España, con cuartel general en Celaya.

Iturbide reorganizó las tropas bajo sus órdenes, empezando por el Regimiento de Celaya. De dos batallones de que estaba compuesto para entonces, él lo fortaleció, reestructurando las 1,200 plazas en ocho compañías de cazadores y fusileros, con 440 efectivos que adicionalmente reclutó. Entre sus tropas también comandaba el Batallón de la Corona, el Mixto, el Cuerpo de Frontera y cuatro piezas de artillería.En lo sucesivo, a las órdenes de Iturbide, aparte de las mencionadas fuerzas, quedarían todas las tropas veteranas existentes en Guanajuato y las milicias urbanas, de cuyos resultados habría de informar a través de un Diario de Campaña.

Aunque Iturbide pasaba largas jornadas fuera de su cuartel general, residía en Celaya en la casa de los Condes de Rábago, situada en la calle de “Nuevo Frente”; misma que con los años ocupó después el Hotel “Solís”. Desde su residencia, había encomendó a los celayenses opulentos que sufragaran los gastos de 100 soldados, a cambio de verse exonerados ellos del servicio militar.Si bien esos soldados exhibieron siempre un alto espíritu de combate y en buen número se incorporaron. Este tipo de acciones le provocaron, más adelante, la destitución del mando de su ejército, al ser acusado de malversación de fondos y extorsión. Finalmente fue exonerado por las cortes en México, quedando una indeleble marca de corrupción en su nombre que sus enemigos usarían en su contra a finales de su vida.

De regreso a sus campañas militares, quizás, la más importante victoria de Iturbide comenzó a finales de 1813. Iturbide partió para Michoacán con la intención de enfrentar a las tropas de José María Morelos y Pavón que con 6,000 soldados planeaba apoderarse de Valladolid, entonces resguardada por apenas 1,000 realistas. El 22 de diciembre, Morelos comenzó las hostilidades, pero no pudo lograr su cometido porque el Ejército del Norte de Iturbide cayó sorpresivamente sobre sus posiciones, tomándolos entre fuego cruzado. Morelos no logró levantarse de esta derrota, mucho menos después de un segundo golpe el 5 de enero de 1814 en Puruarán, donde cayó prisionero su lugarteniente, el también sacerdote Mariano Matamoros, fusilado el 3 de febrero siguiente, en Valladolid. Finalmente, Morelos fue derrotado en 1815.

Agustín de Iturbide se convirtió en el hombre del momento. Para los realistas, Iturbide había salvado al Virreinato de la anarquía y el caos. Sin embargo, en 1816, tanta fama y fortuna no salvó a Iturbide de ser destituido de su mando como comandante del Ejército del Norte debido a los rumores de sus acuerdos turbios y negociaciones fuera de la ley. Aunque fue exonerado y liberado de todo cargo y culpa en ese mismo año, nunca más regresó al Bajío. Los siguientes tres años, de 1816 a 1819, Iturbide era el gran general sin mando. Vivía en la ciudad de México con mucho tiempo libre y lejos de la guerra; aunque también es cierto que esos años y con la caída de Morelos el país se pacificó bastante, razón por la cual no era indispensable mantener a Iturbide al mando de un ejército. Aprovechando su estadía en la capital y el tiempo libre, Iturbide se introdujo en juntas y grupos de criollos inconformes y disidentes. Las juntas y conspiraciones revivieron en Itrurbide la semilla sediciosa. Según sus propias palabras, él siempre se pensó un independentista y consideraba a los insurgentes que combatió simples bandidos. Decía que la Independencia debía realizarse de manera pacífica, no saqueando las poblaciones y destruyendo las joyas del país.

En 1820, Iturbide fue llamado a ocupar su cargo de general, pero ahora con el mando del Ejército del Sur de la Nueva España. Dos nuevos caudillos habían resurgido de las cenizas de la rebelión, Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria en las sierras del sur. Agustín de Iturbide, quien se había mostrado para ese entonces como un militar inteligente y capaz de interpretar los planes de sus enemigos, derrotó rápidamente a Guadalupe Victoria, quien huyó a Veracruz para ocultarse durante algún tiempo. Su siguiente objetivo fue Vicente Guerrero, pero con él, Iturbide vio algo diferente. Desde el principio, Iturbide ofreció a Guerrero unirse para derrotar al gobierno español, pero Guerrero desconfió. Finalmente, tras varias derrotas sufridas y la insistencia de su enemigo, Vicente Guerrero aceptó encontrarse con Iturbide en Acatempan. La toma del virreinato entero se realizó sin derramar sangre.

La Fama del Regimiento de Celaya no terminó ahí, de hecho, cuando Iturbide proclamó en 1821 la Independencia de México y la conformación del Ejército Trigarante junto con Vicente Guerrero, el Regimiento de Celaya se puso a sus órdenes, convirtiéndose nuevamente en uno de sus regimientos más cercanos. Dichos veteranos celayenses, fueron los responsables de comenzar el alboroto el 18 de mayo. Ese día, a las diez de la noche, un grupo de soldados de diversas guarniciones comenzaron a vitorear en la ciudad de México. El sargento Pío Marcha del regimiento de Celaya hizo tomar lar armas a la tropa de su cuartel para lanzarse a la calle proclamando a Iturbide con el título de Agustín I, emperador de México. Parte de la población de los barrios de El Salto del Agua, San Pablo, La Palma y San Antonio Abad se unió al grupo. El estrépito aumentó con el repique general de campanas, con las salvas de artillería y los gritos de “¡Viva Agustín I!”.

Agustín de Iturbide fue nombrado emperador de México en 1822. Luego, debido a la presión de sus contrincantes, abdicó al trono alegando que no estaba interesado en derramamientos de sangre, así que renunció y abandonó el país en 1823. Sus contrincantes políticos se apresuraron a nombrarlo traidor a la patria si volvía al país. Fue por ello que, un año después, 1824, cuando Agustín de Iturbide pisó nuevamente suelo mexicano en compañía de su sirviente personal, fue capturado y ejecutado como cualquier otro criminal.

En 1838, se ordenó exhumar sus restos y trasladarlo a la ciudad de México con toda la pompa y solemnidad que se mereció en vida por haber sido el “Libertador de México”. Según la crónica de dicho evento plasmado en el libro: Traslación de las cenizas del libertador―un ejemplar de esta obra se encuentra en resguardo en el Museo de Celaya―, las poblaciones lloraban al paso de su marcha, ofreciendo misas. Como dijo Simón Bolivar al escuchar sobre la muerte de Agustín de Iturbide: “…aun cuando hubiese quedado proscrito, su nombre habría continuado repitiéndose en secreto, con amor y veneración.Tenía asegurada su inmortalidad.”

Orlando Puente Zubiaur
Área de Investigación
Museo de Celaya, Historia Regional